riego por goteo con energía solar


Por todos son conocidas las ventajas del riego por goteo, entre las que destacan:

1. Ahorro de recursos hídricos
2. Ahorro de recursos energéticos
3. Ahorro de fertilizantes
4. Mayor calidad de los cultivos

Y un largo etcétera, que culmina con el proyecto del físico Washington Luiz de Barros Melo que ha desarrollado un sistema de riego por goteo solar con materiales reciclados, con el que además de las ventajas citadas anteriormente, se añade una más, y es que no necesita electricidad para su utilización.

Y es que su funcionamiento según el investigador, de Embrapa Instrumentação, se basa en un simple principio de la termodinámica: el aire se expande cuando se calienta. El sistema utiliza esta propiedad para usar el aire como una bomba que empuja el agua para el riego de forma automática. Una botella de material duro, de color negro, volcada sobre otra botella que contiene agua. Cuando el sol calienta el aire del interior de la botella oscura, este empuja el agua por el sistema y la expulsa finalmente por una pequeña manguera de goteo a los cultivos.

Es un sistema automático que funciona sin electricidad ya que solo depende de la luz del sol, haciendo su funcionamiento muy económico. Además promueve el ahorro de agua, porque utiliza el método de riego por goteo, que evita el desperdicio de este escaso recurso.

Por lo que se puede concluir que el riego por goteo sin electricidad se convierte en el sistema de riego más eficiente, en cuanto al uso de recursos hídricos y energéticos se refiere, lo que hace más competitivos a los agricultores.






modelo de prefinanciación de la producción agragria




Diecisiete millones de japoneses participan del teikei, un sistema precursor en el mundo de la agricultura sostenida por los consumidores, un sistema en el que la cadena de valor se reduce a solo dos eslabones: los huerteros y quienes llevan sus productos a la mesa. El resultado: precios más bajos para el consumidor y mayores ganancias para los productores. Funciona en Estados Unidos, con promoción estatal, bajo el nombre de Community-supported agriculture (CSA). También en Australia, Holanda, Canadá y Nueva Zelanda, entre otros países. En Argentina arranca esta primavera con tomates que se acaban de sembrar y buscan ‘financistas’.

Impulsan el ‘bono tomate’ el Instituto para la Producción Popular (IPP) y la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) con simpatía por el Movimiento Evita, entre otras agrupaciones políticas.

El título es más marketing que realidad y el bono es, en los hechos, un vale que ya se vende a $ 220 y que a fin de noviembre y principio de diciembre, cuando en las huertas se realice la cosecha, se podrá canjear por diez kilos de tomates redondos que se entregarán divididos en dos veces, con diferencia de 15 días. El comprador del bono puede incluso elegir el ‘nodo’ (punto de entrega) donde retirarlo o acercarse hasta la quinta donde tendrá una visita guiada y la posibilidad de comprar otros productos. "El 10% de los que compraron el bono ya se anotaron para buscar los tomates en las quintas", cuenta, sorprendido, Enrique Mario Martínez, coordinador de la asociación civil IPP. Martínez, de 72 años, es ingeniero químico, presidió hasta el 2011 el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y promueve "una conciencia colectiva a partir de una experiencia de décadas en el mundo desarrollado".

El sistema de compra es sencillo (vía mail o personalmente) y la forma de pago es en efectivo, a través de una transferencia, depósito bancario o con Mercadopago, opción que aumenta en $ 10 el servicio pero que permite el uso de todas las tarjetas de crédito o abonar en locales de pago rápido.

La "experiencia social" de este año, que busca afianzar otro sistema de producción y comercialización, es un proyecto piloto para el que se busca un piso de mil consumidores que compren un solo bono cada uno. Los quinteros que participan son de La Plata, Florencio Varela, Berazategui, San Vicente, Brandsen, La Matanza, Mercedes y Mar del Plata, entre otras ciudades. Algunos fueron elegidos para producir los tomates del bono mientras que la mayoría participa del emprendimiento "Más cerca, más justo". Ese sistema de compra y venta ya tiene armada una extensa red que puede consultarse vía Internet o simplemente a través de las redes sociales y que cuenta con centros de distribución en Capital y el primer cordón del Conurbano (algunos de ellos en locales de distintas agrupaciones políticas). Allí ya se entregan bolsones de frutas y verduras por encargo que cosechan los productores primarios todos los jueves. Es la misma estructura a través de la cual se comercializa el ‘bono tomate’.

En Estados Unidos el consumidor y el productor firman un convenio según el cual todos pierden, en caso de que caiga piedra o los productores sufran algún otro fenómeno climático. "En Argentina la venta de tomate futuro no es imaginable de esa manera, hay un compromiso absoluto de entrega de los 10 kilos", explica Martínez que plantea la base de la confianza y el compromiso como condiciones fundamentales para que el sistema crezca.
Si la experiencia funciona como planea el Instituto, en 2017 se financiará ya desde el momento de la siembra y se extenderá a más productos de la huerta. Alguno hasta piensa en un "bono lechón" para la mesa navideña.





¿puede ser sostenible la ganadería?


Hay dos puntos clave que hay que despejar desde el principio. En primer lugar, los niveles actuales de consumo de carne en los países enriquecidos - especialmente de carne roja - son insostenibles en cualquier caso, y deben reducirse debido al daño cada vez mayor que están provocando sobre la salud y el medio ambiente.

En segundo lugar, la ganadería industrial produce demasiados efectos negativos en demasiados frentes como para poderse justificar, siendo un sistema que requiere cantidades ingentes de piensos importados, que compiten con la producción de alimentos para las personas: el área que se necesita para producir el pienso que importa la UE tiene el tamaño de Francia. Además, la ganadería intensiva depende desproporcionadamente del uso de antibióticos, es uno de los principales productores de gases de efecto invernadero (tanto en el lugar de producción como para el transporte de insumos y productos a lugares lejanos), provoca la degradación ambiental del entorno en el que se encuentra, debido 

a las grandes cantidades de residuos que produce, y a menudo somete a los animales a condiciones estresantes e inhumanas. Resulta inconcebible pensar en la existencia de estabulaciones industriales como parte de los sistemas alimentarios sostenibles del futuro. Sus costes son especialmente difíciles de justificar si tenemos en cuenta que, como suele ocurrir a menudo, estas explotaciones producen carne para exportar, en lugar de como fuente de proteína para las poblaciones locales.

Más allá de esto existen, sin duda, numerosos aspectos complejos. Los sistemas de ganadería extensiva con una gestión adecuada pueden ser compatibles con el secuestro de carbono en el suelo. Pero el que el ganado se alimente con pasto o con cereales no es la cuestión principal. La ganadería podrá ser ecológicamente viable o no en la medida en que esté integrada en los ecosistemas, paisajes, sistemas agrícolas y actividades de subsistencia de las personas.

Por ejemplo, en las zonas montañosas pueden existir formas de ganadería con un bajo impacto ambiental y con pocos costes de oportunidad. Igualmente, los sistemas que combinan cultivos y ganado mejoran la eficiencia al utilizar el estiércol para fertilizar el suelo, alimentar a los animales con subproductos de la cosecha y otra serie de sinergias. Cuando los animales se alimentan de hierba o subproductos agrícolas la cantidad de calorías para consumo humano que producen puede, de hecho, ser mayor que las que consumen. En comparación, los ratios de conversión del pienso van de 2 kg de pienso por kg de carne hasta 20 kg en algunos sistemas de ganado vacuno, si bien existe una gran variación entre distintos animales, tipos de gestión y métodos de cálculo.

Los sistemas integrados contribuyen a su vez a diversificar las fuentes de ingresos de las personas productoras, y pueden servir por tanto para crear puestos de trabajo y fijar población al territorio. Sin ellos, el impacto ambiental de otros usos del suelo (por ejemplo monocultivos a gran escala destinados a la exportación) podrían ser infinitamente peores. En otras palabras, cuanto más se tiende a considerar el impacto ambiental de una forma holística, mejor se aprecian las ventajas de los sistemas mixtos.

No existe una fórmula simple que nos indique el umbral que hace que la ganadería pase de sostenible a insostenible. Sin embargo, está ya muy claro que cuanto más se relocalice esta ganadería y se reintegre en el paisaje, cuanto más se utilice alimento obtenido de forma local, cuanto más se reutilicen los residuos en la propia explotación y cuanto más se limite a aquellas regiones en las que existen pocas o ninguna otra alternativa, más sostenible será.

Sin embargo, la viabilidad económica, sociocultural y ambiental de la ganadería en ciertas condiciones no debería confundirse con el modo dominante de producción que se practica en la actualidad para poder soportar las cantidades desorbitadas de leche y lácteos que nos hemos acostumbrado a consumir en los países enriquecidos. No existe una bala de plata que nos permita seguir por este camino. No podemos permitir que las promesas de ganadería regenerativa se conviertan en el último capítulo del cuento de hadas que dice que podemos mitigar las consecuencias del cambio climático sin realizar cambios importantes en nuestros estilos de vida.




conversaciones sobre si la agricultura orgánica puede alimentar al mundo


Lo que es seguro es que, a largo plazo, solo la agricultura que reciba fertilizantes orgánicos y no de síntesis y a la que no se agreda con pesticidas, herbicidas, nematocidas o similares, será la única viable y sostenible a largo plazo. No tengo cifras de a cuánta humanidad puede o podría alimentar este tipo de actividad agraria, sobre todo a la vista de como hemos dejado ya los suelos, la capa fértil, las captaciones de los acuíferos, la ocupación de suelo por ciudades, industrias y vertederos, la contaminación de las necesarias aguas y demás. Pero eso tiene relativa importancia porque en unas tres generaciones mas, practicamente todos los 7.300 millones actuales habremos cascado. También hay que considerar que modificar ahora todas las inmensas superficies de dedicadas a monocultivos en forma de agroindustria, o granjas industriales con animales estabulados y alimentados de forma industrial, serían muy difíciles de erradicar en una generacion e implicarían unos cambios sociales brutales con abandono de muchas macrociudades y vuelta al campo, donde podrían multiplicar los destrozos ambientales, si llegan al campo forzados por la necesidad y sin haberse despojado de la mentalidad consumista, de confort material, de actividad constante y desprecio por el ocio y la contemplación y de gratificación inmediata.

Por último, me temo que el veganismo es una corriente modernista que da por supuesto que uno puede tener kinoa en Valladolid, leche de almendras en Finlandia todo el año y las variedades vegetales que guste en cualquier momento y en las dosis adecuadas. Algo poco probable en un mundo de agricultura local en muchas regiones y latitudes y sobre todo, si hay que volver a un esfuerzo físico mayor en una agricultura de baja intensidad. Veo mucho mas adaptada una dieta que utilice lo que siempre utilizaron los agricultores preindustriales: una dieta fundamentalmente vegetariana por necesidad, que se complementa con un poco de la que será, también por necesidad, una escasa dieta complementaria, calórica y protéica de origen animal y derivados, si ello significa un ahorro en el esfuerzo humano par conseguir el equivalente de origen vegetal y que incluirían algunos lácteos y derivados, especialmente para niños y grasas como tocino para los adultos que realicen más esfuerzo fīsico. La frase "cuando seas padre comerás huevo", que muchos jóvenes urbanos de la sociedad de la abundancia desconocen, es un indicativo claro de lo difícil y costoso que resultaba conseguir un huevo. 

Pedro Prieto


En mi opinión la respuesta a la primera pregunta (asumiendo que "ecológica" puede interpretarse como una agricultura adaptada al medio y más o menos a los medios humanos y materiales disponibles), es sí. Y sí, porque podemos jugar con un amplio abanico de patrones de consumo. Ser un animal omnívoro facilita mucho la capacidad de adaptación.

Respecto a lo del veganismo, y entendiéndolo como un movimiento ético que implica la no utilización de animales... pues no. Nos los comamos regularmente o no, o incluso, no comiéndonoslos, vamos a tener que utilizar animales sí o sí para poder mantener los ciclos ecológicos (especialmente, el del fósforo) a ritmos adecuados para poder tener cosechas. Es más, tendríamos que empezar ya a usar cabañas ganaderas de diente variado para sustituir a las reses silvestres que hemos extinguido local o globalmente, si queremos que muchos ecosistemas vegetales no colapsen. Y dado que también hemos extinguido (local o globalmente incluso) a muchos de sus predadores, para que la cosa no sea un desastre, tendremos que ejercer nosotros mismos de predadores.

Ya tenemos un problema con el fósforo en muchos suelos agrícolas debido a la tendencia creciente al estabulado frente al pastoreo extensivo, y también, a la caída de diversidad de la comunidad herbívora (tanto doméstica como salvaje) y la pérdida de su equilibrio (es cierto que localmente hay "explosiones demográficas" de ciervos, o corzos, o jabalíes, o incluso conejos, pero la correcta movilización de nutrientes se realiza cuando hay los que tiene que haber de cada especie). Sin el mantenimiento de al menos un 50% del territorio (en realidad, de cada ecosistema) va a ser muy difícil no sufrir pérdidas de biodiversidad que sean inasumibles por ecosistemas vegetales. Y vamos a necesitar más que nunca formaciones vegetales lo más sanas posible para poder "moderar" aunque sea localmente, tanto los ciclos hidrológicos como los factores climáticos.

Añadir como apunte que eso de que las dietas antiguas eran prácticamente vegetarianas... pues hay que matizarlo muchísimo. Incluso sin salir de Españistán, hay recetarios tradicionales que incorporan alimentos de origen animal con alta frecuencia en tiempos relativamente recientes. Si nos movemos además por el tiempo, hay épocas en que esos alimentos de origen animal eran casi diarios (como el pescado, el marisco o los moluscos en casi todas las zonas costeras). Y es que en el fondo, lo que pesa es la "TRE del alimento"...

Añado que he obviado varios componentes del tema, especialmente el energético, porque ya se ha tratado varias veces aquí. Pero sintetizando... "reasalvajar" ecosistemas para garantizar la conservación de un mínimo de biodiversidad, va a costar invertir energía; devolver fertilidad a los suelos, también; reconstruir agrosistemas poco o nada dependientes de combustibles fósiles e insumos dependientes de ellos, también; etcétera...
Y seguramente, no lo vamos a hacer exclusivamente a costa de nuestros lomos... Se seguirán usando animales también como "energía". Y si la población subsahariana sigue creciendo (y la blanca europea-norteamericana menguando)... igual volvemos a ver barcos negreros... lamentablemente.

David Torralba




¿puede la agricultura orgánica alimentar a la humanidad?


In 1971, then US Secretary of Agriculture Earl Butz uttered these unsympathetic words: “Before we go back to organic agriculture in this country, somebody must decide which 50 million Americans we are going to let starve or go hungry.” Since then, critics have continued to argue that organic agriculture is inefficient, requiring more land than conventional agriculture to yield the same amount of food. Proponents have countered that increasing research could reduce the yield gap, and organic agriculture generates environmental, health and socioeconomic benefits that can’t be found with conventional farming.

That’s the conclusion my doctoral student Jonathan Wachter and I reached in reviewing 40 years of science and hundreds of scientific studies comparing the long term prospects of organic and conventional farming. The study, Organic Agriculture in the 21st Century, published in Nature Plants, is the first to compare organic and conventional agriculture across the four main metrics of sustainability identified by the US National Academy of Sciences: be productive, economically profitable, environmentally sound and socially just. Like a chair, for a farm to be sustainable, it needs to be stable, with all four legs being managed so they are in balance.Organic agriculture occupies only 1% of global agricultural land, making it a relatively untapped resource for one of the greatest challenges facing humanity: producing enough food for a population that could reach 10 billion by 2050, without the extensive deforestation and harm to the wider environment.

We found that although organic farming systems produce yields that average 10-20% less than conventional agriculture, they are more profitable and environmentally friendly. Historically, conventional agriculture has focused on increasing yields at the expense of the other three sustainability metrics.

The flower petals and the labels represent different sustainability metrics that compare organic farming with conventional farming. They illustrate that organic systems can better balance the four areas of sustainability: production (orange), environment (blue), economics (red) and social wellbeing (green). Illustration: John Reganold and Jonathan Wachter

In addition, organic farming delivers equally or more nutritious foods that contain less or no pesticide residues, and provide greater social benefits than their conventional counterparts.

With organic agriculture, environmental costs tend to be lower and the benefits greater. Biodiversity loss, environmental degradation and severe impacts on ecosystem services – which refer to nature’s support of wildlife habitat, crop pollination, soil health and other benefits – have not only accompanied conventional farming systems, but have often extended well beyond the boundaries of their fields, such as fertilizer runoff into rivers.

Despite lower yields, organic agriculture is more profitable (by 22–35%) for farmers because consumers are willing to pay more. These higher prices essentially compensate farmers for preserving the quality of their land.Overall, organic farms tend to have better soil quality and reduce soil erosion compared to their conventional counterparts. Organic agriculture generally creates less soil and water pollution and lower greenhouse gas emissions, and is more energy efficient. Organic agriculture is also associated with greater biodiversity of plants, animals, insects and microbes as well as genetic diversity.

Studies that evaluate social equity and quality of life for farm communities are few. Still, organic farming has been shown to create more jobs and reduce farm workers’ exposure to pesticides and other chemicals.

Organic farming can help to both feed the world and preserve wildland. In a study published this year, researchers modeled 500 food production scenarios to see if we can feed an estimated world population of 9.6 billion people in 2050 without expanding the area of farmland we already use. They found that enough food could be produced with lower-yielding organic farming, if people become vegetarians or eat a more plant-based diet with lower meat consumption. The existing farmland can feed that many people if they are all vegan, a 94% success rate if they are vegetarian, 39% with a completely organic diet, and 15% with the Western-style diet based on meat.

Realistically, we can’t expect everyone to forgo meat. Organic isn’t the only sustainable option to conventional farming either. Other viable types of farming exist, such as integrated farming where you blend organic with conventional practices or grass-fed livestock systems.

More than 40 years after Earl Butz’s comment, we are in a new era of agriculture.During this period, the number of organic farms, the extent of organically farmed land, the amount of research funding devoted to organic farming and the market size for organic foods have steadily increased. Sales of organic foods and beveragesare rapidly growing in the world, increasing almost fivefold between 1999 and 2013 to $72bn. This 2013 figure is projected to double by 2018. Closer to home, organic food and beverage sales in 2015 represented almost 5% of US food and beverage sales, up from 0.8% in 1997.

In a time of increasing population growth, climate change and environmental degradation, we need agricultural systems that come with a more balanced portfolio of sustainability benefits. Organic farming is one of the healthiest and strongest sectors in agriculture today and will continue to grow and play a larger part in feeding the world. It produces adequate yields and better unites human health, environment and socioeconomic objectives than conventional farming.Scaling up organic agriculture with appropriate public policies and private investment is an important step for global food and ecosystem security. The challenge facing policymakers is to develop government policies that support conventional farmers converting to organic systems. For the private business sector, investing in organics offers a lot of entrepreneurial opportunities and is an area of budding growth that will likely continue for years to come.

John Reganold is a Regents Professor of Soil Science & Agroecology at the Washington State University.